¿Consecuencias o castigos?
Cuando un niño traspasa un límite, es normal preguntarse: ¿qué debe pasar ahora?
La respuesta no necesita hacerle sufrir para que «aprenda». Una consecuencia educativa debería ayudarle a entender qué ha pasado, asumir responsabilidad y, cuando sea posible, reparar.
Primero calma, después aprendizaje
Si está desbordado, ese no es el momento de decidir una gran consecuencia.
Primero recuperad la calma.
Después podéis mirar qué ha pasado y qué hay que hacer.
Busca una relación con lo que ha pasado
Si ha tirado algo y lo ha roto, puede ayudar a recoger o reparar.
Si ha hecho daño, puede participar en consolar o reparar el daño.
Este tipo de consecuencia tiene una relación comprensible con la acción.
Reparar es más que decir «perdón»
Obligarlo a repetir «perdón» mientras todavía está enfadado puede convertir la palabra en un trámite.
Cuando esté preparado, ayúdale a ver el efecto de su conducta y qué puede hacer ahora.
Evita consecuencias desconectadas
Quitarle una actividad días después por una conducta que no tiene relación puede hacer que la consecuencia se viva sobre todo como un castigo impuesto.
Evita también humillar, retirar afecto, utilizar la comida o el sueño como castigo, o amenazar con cosas que después no cumplirás.
Anunciar ayuda, amenazar no
Cuando sea posible, explica antes qué pasará:
«La pelota es para jugar fuera. Si la usas dentro de casa, la guardaremos.»
Esto es diferente de una amenaza desproporcionada dicha en caliente.
La consecuencia no sustituye el límite
No todo necesita una sanción.
A veces la respuesta educativa es simplemente detener la conducta, sostener el límite y practicar una alternativa.
Cuéntale a Kora qué ha pasado y qué consecuencia estás pensando poner. Puede ayudarte a revisar si está relacionada con la conducta, si es proporcionada y qué queréis que aprenda realmente de esa situación.
