Nosotros también miramos demasiado el móvil
Podemos poner normas de pantallas a nuestros hijos y, al mismo tiempo, darnos cuenta de que nosotros también consultamos el móvil casi sin pensar.
No se trata de sentirnos culpables. Se trata de recordar que los hijos también aprenden del lugar que las pantallas ocupan en la vida de los adultos.
Mira en qué momentos aparece
Quizá no sea tanto el número total de minutos como el momento.
¿Cuando te cuenta algo?
¿Durante las comidas?
¿Mientras jugáis?
¿Cuándo estáis esperando dos minutos sin nada que hacer?
Observar el patrón es más útil que prometer «a partir de ahora no miraré nunca el móvil».
Protege algunos momentos de presencia
No necesitas estar disponible todo el tiempo.
Sí puedes decidir que algunos momentos sean realmente compartidos: una conversación, el cuento de la noche, una comida o un rato de juego.
Dejar el móvil físicamente lejos puede ser más fácil que resistir cada notificación.
Explica también cuándo lo necesitas
Los adultos utilizamos el móvil para trabajar, organizarnos, hablar con alguien o buscar información.
Puedes hacer visible esa diferencia:
«Tengo que responder este mensaje de trabajo y después dejo el móvil.»
Y, si lo has dicho, intenta cumplirlo.
Revisa la coherencia de las normas
No hace falta que adultos y niños tengan las mismas normas.
Pero si pedimos que deje la pantalla mientras nosotros seguimos mirando una sin parar, el mensaje pierde fuerza.
No busques la perfección
Si te das cuenta de que no lo estabas escuchando:
«Perdona, estaba mirando el móvil y no te he hecho caso. Espera, lo guardo y me lo vuelves a contar.»
Reconocerlo también es dar ejemplo.
Cuéntale a Kora en qué momento notas más que el móvil interfiere en vuestra relación. Cambiar un hábito concreto suele ser más viable que declarar una guerra general a las pantallas.
